Fragmento de LA VIUDA DEL DIABLO

ADELANTO

La viuda del diablo, de Romina Tamburello

Próximamente disponible en tienda.futurock.fm

Afuera llueve. la posibilidad de estar los dos solos encerrados todo el día me pone de mal humor.En la recepción, una señora espera. Enterito animal print, tacos chinos de yute, reflejos cobres, revoque de base anaranjado y delineado grueso alrededor de los labios. Sesenta años bien llevados o unos cuarenta y cinco de reviente. Si Franco nos cambió a las ibuprofenas por las señoras rockeadas me mato. A lo mejor ahora valora la experiencia.Su tono relajado me enoja por partida doble: primero porque con ese vestuario no respeta el ecosistema y segundo porque si es la novia de mi ex directamente no respeta nada. Le pregunto si necesita algo.
—Ya me atendió el chico –dice ella.
¡Una clienta! Respiro, que se vista como quiera.
Mientras se saca los yutes me cuenta que es su primera vez en Punta del Diablo. La lluvia que viene del sur se estrella contra el vidrio y arma un esmerilado que oculta el jardín.
—¡Qué día! ¿Venden cerveza?
Se masajea los pies. Sus enormes uñas están pintadas de rosa nacarado.
—Hasta ayer estuvo hermoso, seguro pasa rápido.
Le alcanzo una latita helada. La abre, le da un trago y se limpia con el dorso de la mano. Me pide que la anote. El buda de plástico violeta que está al lado de la caja me hace asumir que fiamos. Tiene la mirada perdida en el esmerilado lluvioso. Antes de que encuentre dónde anotar, se termina la latita y la apoya en el suelo. Tararea bajito una canción que no conozco.
Aparece Franco con dos toallas en la mano. Tiene puesto un piloto de pescador que le llega hasta los tobillos y unas botas amarillas. ¿Así de exagerado va a ser todo de ahora en más?
Le avisa que está lista la habitación doble con baño privado y me saluda.
—¿Fiamos? –le pregunto.
—Sí, abrile una cuenta en el cuadernito azul.
Anoto: “Señora rota animal print” y abajo hago dos palitos.
Me preparo un café, lo tomo con esfuerzo. Franco le da charla, la tormenta tapa la conversación. Antes de terminar de desayunar la tengo de nuevo conmigo.
—Anotame otra.
Se cambió los yutes por ojotas y se puso unos lentes de ver que la hacen parecer mayor.
Cuando estoy por buscar una latita, me frena.
—De litro, mejor, si total no se puede salir.
Franco me informa que se va al Chuy y me pregunta si me puedo quedar con ella.
—¿Me pagás el día?
Le guiño un ojo. Él me sonríe al pasar, no me contesta, se dirige a la mujer rota animal print.
—Vuelvo en un rato, Yani. Lo que necesites mientras yo no esté, a ella.
Ni siquiera me señala. Soy su potus.
—No sé si viniste alguna vez, pero este lugar es mágico –le cuento.
Con todas las palabras que pueden describir este lugar –ventoso, austero, agreste, caluroso, melancólico–, yo vengo y digo “mágico”.
—Tiene cuatro playas: Playa grande, El rivero, la de los pescadores y La viuda, que es la que tenemos enfrente. Para mí, no es por nada, pero es la más linda.
—¿La más linda y se llama La viuda?
En su boca aparece una mueca que la avejenta. Se termina la botella. Sin ninguna seña entiendo que tengo que traer otra, los palitos debajo de “Señora rota animal print” ya forman un cuadrado.
Me pregunta por qué se llama así y me ofrece un trago. Son las once de la mañana.
—Es una linda leyenda, de fantasmas –contesto.
Mi abuela decía que las historias son de quien sabe contarlas, así que me apropio de esta con el permiso de agregar sin censura.
—Un matrimonio de italianos muy ricos llega a Uruguay, se enamora de este pueblo que en ese momento tenía solo treinta habitantes. Compran un terreno y empiezan a construir una casa. Hasta ahí todo bien, pero los tiempos de Latinoamérica, y más los de este paraje perdido, no son los europeos. La cosa es que demoran diez años. Se quedan a vivir acá, ¿a qué iban a volver? Su atención es capturada por el ventanal cubierto de gotas.
Si la estoy aburriendo, no tengo idea.
—Viven años entre los pescadores, sin hacerse amigos de nadie. Solo ellos dos. Todos los días caminan los tres kilómetros de playa virgen de la mano, hasta llegar a su casa. Vigilan la construcción, pasean. Después de diez años, la terminan. La primera noche que duermen en la casa de sus sueños…
Creo una expectativa que siempre funciona.
—¿Qué?
Confirmado. Le interesa.
—Él se muere. De repente, un infarto creo. Ella, viuda y varada en el medio de la nada, decide no volver a su país. Se queda acá, a dormir sola con el recuerdo del marido muerto. Los pescadores más viejos cuentan que salía una vez al día y caminaba los tres kilómetros de playa vestida de negro.
Para de llover. Qué lástima, era la banda sonora ideal.
—Un día ella se muere. De tanto caminar o de cáncer, no me acuerdo. La casa la compra un búlgaro. Parece que ese fue el fin de la historia, pero no. Dicen en el pueblo que cada tanto se la ve caminar los tres kilómetros de playa virgen con su traje de luto –hago otra pausa–. Es por eso que esta playa lleva su nombre.
—Ese no es su nombre, es su estado civil. ¿No sabés cómo se llamaba?
—Laura –miento.
Laura se puede llamar cualquiera. No. No cualquiera se queda a caminar una y otra vez el amor muerto. Me siento culpable por no haberme tomado el trabajo de averiguar el nombre. No. No se puede llamar “viuda”, como yo no puedo llamarme “divorciada”.
—Es una linda historia –dice ella.
Abre una cerveza, esta vez me sumo, ya son las doce del mediodía, afuera está horrible y el tiempo con esta mujer se pasa más rápido que con Franco. Tomo mi primer trago. Ella sigue concentrada en el vidrio y las gotas.
—Lo entierran mañana a las nueve –larga, como si no pudiera aguantarlo más en la boca.
—Uh, lo siento mucho.
Enmudezco. Quiero decir algo, cualquier cosa.
—¿Tu marido?
—Mi pareja –contesta.
Las dos nos quedamos calladas. Yo por no ser invasiva, ella vaya a saber por qué. Después de un rato, la curiosidad es más fuerte e invado:
—¿Y por qué no estás allá?
La mujer rota animal print me mira por primera vez en un rato largo. Frunce el ceño y la cara se le atigra.
—No, no puedo ni aparecer. Nunca me quejé y él nunca me mintió ni me prometió nada. Su esposa es su esposa. Nosotros tenemos lo nuestro. Yo sé que me quiere y él también sabe. Soy la mina de su vida, por eso no me siento estafada.
Hace una pausa y me muestra que terminamos la botella. Yo se la saco de la mano y abro otra. Esta vez se la invito.
—¿La conocés, a la esposa?
La ibuprofena prejuiciosa aparece cuando menos la espero.
—Sí, ella también me conoce a mí. Es una buena mina, nada que ver conmigo, más gordita, más señora.
Toma un trago largo. Afuera el sol parece querer asomar.
—Hacía quince días que no nos hablábamos y yo me veía venir que había conocido a alguien. Después, cuando me enteré que se había muerto, pensé que seguro estaba con una pendeja. Había tomado Viagra, me la juego. Siempre tomaba cuando estaba con pibas jóvenes.
La historia me da hambre. Una languidez que viene desde abajo de los intestinos, me pasa cada vez que sé que me voy a poner triste. No tengo ganas de comer fideos olvidados por algún hippie en la heladera comunitaria. Le pido que me espere, voy hacia la recepción y busco la llave de la alacena del gerente. La abro y encuentro una pata de jamón ibérico envuelta en papel metalizado, latas de aceitunas importadas, dos cajas de vinos argentinos, tres whiskies, un Amarula y unos chocolates suizos. No puedo creer que la rata de mi ex no me haya querido compartir comida teniendo todos estos tesoros guardados. Seguro los está encanutando para darse una panzada con la novia. Armo una picada que podría ser la envidia de cualquier restaurante, abro un malbec y vuelvo a la cocina. Ella está desparramada en la mesa.
—¿Yani?
Le toco el hombro. Se levanta despacio y me mira. Se incorpora y ve la tabla y las copas de vino. Sonríe y rejuvenece. Le digo que invita la casa. Comemos, charlamos y tomamos. Dispara consejos, uno se me queda grabado: “Nunca creas que sabés todo acerca de cómo chuparla”. Lo anoto en el cuaderno al lado de su cuenta como un epitafio. No sé cuánto tiempo pasa, oscurece y el vino ya es un recuerdo. Empezamos con el whisky. Como jamón hasta asquearme. Declaro que estoy completamente borracha. Veo pasar a Franco hacia el monoambiente y lo siento insignificante. Ahora él es tierra y moscas. Me hace señas para que salga. Obedezco.
—¡Qué cara, nena! –me dice.
A los beneficios del deporte se le suma el aire de mar, la yerba uruguaya o mi borrachera, la cosa es que él está cada vez más fuerte.
—Me puse en pedo con la clienta. ¿Algún problema?
—Mientras anotes todo –dice–. Escuchá, hoy es día de fútbol y asado, si te encargás de la señora me hacés un favor.
—¿Me vas a pagar por hora o en especias? –contesto.
Él me toca la cabeza como a un perro y se va. Vuelvo a la cocina, la mujer atigrada está revolviendo su bolso.
—Lo de la viuda me mató. Las casualidades me matan –dispara.
Saca de un estuche plateado una bolsa de cocaína.
—¿Te molesta?
No espera que le conteste. Se arma una línea, prepara un tubito con un billete de veinte uruguayos y aspira. Levanta la mirada y los ojos se le astillan. Me tira el estuche, hay Trapax, otra bolsa y una tuca. Solo consumo lo último, así que lo prendo y le doy una seca. No le ofrezco, ella parece entretenida con su raya. Habla rápido.
—Con las pendejas no se puede competir, hay que correrse y esperar que se cansen. Yo me acostumbré. Venía una pibita, lo quería un tiempo, se iba, le rompía el corazón y volvía con nosotras. Las viejas la chupamos mejor.
Se calla y mira por la ventana.
—Nos hizo un tema a mí y a la esposa. “Cirujanas del amor”. –Empieza a tararear–. Yo, mi esposa y vos, felinos que se aman y se aguantan en el tiempo.
Le doy otra seca al porro y todo me duele más. Yani tiene la misma edad que mi mamá. Una generación de amas de casa, amantes, esposas. Mujeres que aguantan y curan cicatrices que pendejas como yo dejamos en tipos de la edad de mi papá. Yo nunca estuve con un señor. Conmigo estás a salvo, Yani, no te traicioné.
—¿Querés que te cuente cómo lo conocí?
Prepara otra línea y se la aspira en dos segundos. Los lentes de ver caen sobre la mesa. De su nariz cuelga una estalactita de moco transparente. Sirvo dos medidas de Amarula.
—Fue en uno de sus recitales. Es el Tigre, la estrella de la cumbia santafesina. Seguro que lo conocés.
—Claro, a mi ex, el otro dueño, le encanta. Ahora no sé, pero antes tenía varios discos.
—Viajamos en un colectivo ploteado con su cara, tocan varias veces por noche. Terminan un recital, se suben al micro, a la hora están tocando otra vez. La noche que lo conocí me pidió que siguiera con ellos. Fuimos a cuatro pueblos, tomamos vino y un par de rayas para aguantar. Me banqué todos los shows, pensé que quería vivir así toda la vida. Después iba siempre. Sabía que estaba casado pero también que dormía más veces conmigo que con la esposa y que cada vez que terminaba de tocar era a mí a quien llamaba. Rasguña lo poco que queda en la bolsa y se chupa el dedo.
—Estoy contenta de haber sido su mujer, también de todas las noches que lo esperé y no llegó, de las peleas, los cuernos. De lo único que no estoy contenta es de que se haya muerto.
Sus palabras se quedan flotando entre las paredes del gólem. En la mesa, el exceso se expande como un TEG.
—¡Vamos a la casa de la viuda! –grita.
Se toma el último culito; la botella de Amarula es un cadáver. Afuera ya no llueve pero hace frío y está todo mojado. Hay que caminar tres kilómetros, es claramente un mal plan. Se lo digo pero ella no me escucha. Alienada, atraviesa la puerta de entrada y toma la calle de tierra hasta la duna. La sube con una agilidad imposible para la borrachera que cargamos. Llega a la cima, se saca toda la ropa y baja corriendo, sigue hacia el agua. En un acto de arrojo, la imito.
—¡Este es el velorio que él quiere! ¡Para vos, Tigre! –grita. La ropa vuela y se pierde en la oscuridad.
El sol arriba supone que son más de las diez de la mañana, los rayos pintan su desnudez derruida. Tumbada a mi lado, con el maquillaje corrido, Yani parece un payaso de película de terror, huésped ideal de nuestro hostel.
Me siento noqueada, pero mi resaca es distinta, una resaca compañera. Hoy,
descompuesta y todo, estoy en uno de esos días en los que pienso que a los demás les va peor y que qui zás me esté preocupando de más. Como de momento soy la más coherente, me doy a la tarea de levantarnos. En la habitación vamos a estar mejor. No se mueve. Le tomo el pulso. Vive. Vuelvo a insistir. Abre un ojo y me habla con voz de ultratumba.
—Hacé un pozo y meteme adentro. ¡Sol de mierda!
Rueda hasta esconderse bajo los pilotes de la casilla del bañero, el único lugar con sombra en toda la playa.
—¿Cuando me despierte vamos a la casa de la viuda?
Como puedo, la sigo. La sombra es reconfortante pero este subsuelo está lleno de basura. Lo bueno es que desde acá puedo ver nuestra ropa. Cuando pueda la busco.
—En un par de horas lo entierran y no existe más. Yo tampoco voy a existir. ¿Vos te pensás que me van a llamar para ver si necesito algo?
—Alguien seguro va a aparecer.
La sigo cagando, cuanto más empática quiero ser más me parezco a las pendejas que ella odia.
—Quiero poder hablar de él con amigos en común, tener fotos de nuestras vacaciones, abrazarme con los hijos que nunca quiso tener y que ahora me vendrían de bien… –le habla a las maderas del techo.
Nuestros cuerpos encallan en la arena, nos estamos derritiendo de tristeza.
—Todos los pésames son para la esposa, está bien. No te pienses que no entiendo, entiendo.
Hace una pausa, gira la cabeza y me mira. Por primera vez me incluye en su velorio. Alrededor de la boca tiene una capa de baba vieja.
—¿Vos creés que la pendeja que se cogía va a ir?
Lo pregunta como si se le fuera la vida en eso.
—No, si vos no vas, ella menos –opino sin saber.
—¿Vos irías? Las pendejas como vos son zarpaditas.
—No me gustan los viejos, menos si están rotos.
—Tenés cara de que nunca amaste a nadie –remata.
Le doy la espalda. A pocos metros, mi remera parece un náufrago y su minifalda, un pedazo de lancha que se salvó del ataque de un tiburón.
—Teníamos un lugar. “La cueva”, le decíamos, un monoambiente que se fue poniendo viejo con nosotros. El baño estaba lleno de humedad, la dueña no nos quería renovar el alquiler y el último mes hubo una invasión de cucarachas. En el barrio nos conocían todos. Ahí sí soy la viuda.
No la quiero escuchar más. Quiero dormir, que se duerma, que mañana pague todo y se vaya. Le doy la razón, las pendejas como yo somos forras, egoístas, desubicadas. Escucho risas, dos nenes se llevan nuestra ropa náufraga. Intento levantarme de golpe y me doy la cabeza contra los pilotes de la casilla, una puntada penetrante me ataca. Ella ni se mueve, sonríe y los mira. Repto hasta salir de nuestra cucha, trato de alcanzarlos pero ellos aumentan la velocidad. Se les cae mi bombacha. La rescato y me la pongo. Observo cómo se pierden en el horizonte mientras Yanina no hace nada. Estoy cada vez más enojada, conmigo por dejar que todo se descontrolara, con ella porque es inimputable. Desnuda, con la bombacha llena de arena y la dignidad por el piso, me acuesto al sol, lejos. No me importa flecharme, solo quiero estar lejos de esa mujer que tiene un duelo más importante que el mío. El calor me adormece. Cierro los ojos, dejo de escucharla.
Cuando me despierto ya no está. Me incorporo y miro hacia los costados. Nada. Como puedo me paro, camino hacia la casilla del bañero. En la playa hay poca gente. Me acerco a una mujer que lee bajo una sombrilla.
—Perdón, ¿no vio a la señora que estaba debajo de la casilla? –pregunto.
Me mira, de arriba abajo, con cara de asco. No me contesta. Me tapo las tetas con un brazo. El bañero aparece con un mate en la mano.
—Disculpá, ¿no viste a una señora desnuda?
Me sonríe, parece tentado.
—¿Me das algo para taparme? –le pido.
Me alcanza una esterilla que enrosco alrededor de mi cuerpo. Me transformo al instante en un cartón de papel higiénico. ¡La casa de la viuda! Camino en
esa dirección. Si esta mujer se mata, es mi culpa. Anoche no la cuidé, hoy directamente la abandoné. Estaba destruida, ahora seguro está muerta. Voy a tener que volver al hostel y explicar que nuestra primera turista de la temporada desapareció, o peor, apareció ahogada. Después, hacer la denuncia, tratar de esconder los rastros de drogas, ver cómo mandamos el cuerpo a Argentina.
—¡Yani!
La esterilla se recalienta con el sol, los bordes de plástico me queman. Un espasmo seguido de una contracción en la panza desata una arcada, vomito. Mis manos se entierran en la arena mientras el mar se lleva todo lo que salió de mis entrañas. Con la garganta rasposa, la nariz llena de comida y los ojos irritados creo ver como un cuerpo de mujer vestido de negro se mete  despacio al mar. ¡El fantasma de la viuda! Refriego mis ojos y trato de enfocar. Otra arcada me asalta, esta vez es solo bilis. Levanto la cabeza, ya no está. Hago dos pasos y vuelvo a tropezarme. En el mar algo se mueve.
—¡Yani!
Nadie responde. Me meto. El agua helada en la cabeza alivia un poco la jaqueca pero no me saca el miedo. Ahora se ve más claro su pelo cobre. Nado con las pocas fuerzas que me quedan. Una ola me envuelve y ya no hago pie. Dos brazadas más. Me tapa otra ola.
—¡Yani!
Me mira con cara de enajenada.
—¡Vamos a la orilla! Dale, vení –grito.
El terror infantil al mar vuelve. No estoy segura de poder sacarla. Tironeo un poco, ¡la tengo! Pesa un montón. ¿Y si no quiere que la salve? Otra ola, salimos a flote. Logro arrastrarla conmigo fuera del agua. Apenas piso la arena, una arcada. Largo un líquido oloroso y ácido. Ella gatea unos metros y se levanta. Me deja atrás, camina como un autómata por la playa en dirección al hostel. Me envuelvo como puedo con la esterilla y la sigo. Corro hasta quedar a su lado. No le hablo, solo vigilo que no se mate.
Llegamos. Franco está con una familia de cuatro en la puerta. Ella pasa caminando delante de ellos, no los mira. Sus carnes desnudas se recortan en el gris del gólem. Yo, envuelta en la esterilla y con el rostro desfigurado, invento una sonrisa. Me miran con reprobación. Franco se acerca, por lo bajo me dice:
—¿Qué mierda pasó en la cocina?

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